Casi mejor en el cine

Estoy en Mansfield Park básicamente porque me gusta el campo, ya que el siglo XIX no es mi fuerte. No puedo con los pijos ingleses de la época y la pesadez de sus formas. Como no trabajan se la pasan el día llenando el tiempo con su particular ocio: dar un paseo a caballo, escuchar a alguien de la familia tocar el piano, montar una obra de teatro para representarla en casa, leer un libro en voz alta para un pequeño público, asistir a un baile de sociedad,… Cosas que en este contexto me resultan soporíferas. Evidentemente el relato se sostiene y se sigue gracias a los personajes y sus relaciones, pero es que el marco es bastante importante en una historia y aquí pues resulta ser georgiano. En fin, de terminar de digerirlo casi mejor en el cine.

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Veraneo en la Edad Media

Acabo de regresar a casa después de vivir un año en Cuba, donde he tenido la fortuna de trabajar en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños. Durante mi estancia en la EICTV he visto una media de dos filmes al día, lo que significa unas 500 películas en los últimos diez meses. Buena parte de ellas eran históricas.

Cuando tenía veinte años miraba mucho más al futuro que al pasado. La curiosidad, el deseo de encontrar nuevos modelos de sociedades o de advertir a qué peligros quedaba expuesta la evolución,  me remitían una y otra vez a la ciencia ficción, y vivía en otros mundos gracias  a las creaciones de Philip K. Dick, George Orwell, Aldous Huxley, Stanislaw Lem, Arthur C. Clarke, Olaf Stapledon o Isaac Asimov.

En los últimos meses me sorprendo siempre viviendo siglos atrás. Este verano estoy en la Edad Media, a través del best-seller Los Pilares de la Tierra de Ken Follet. Soy consciente de que me paso la vida dando saltos al pasado o al futuro, evocando un sinfín de escenarios posibles. Viajo en el tiempo para comparar el presente, tanto con las pesadillas futuristas como con la Santa Inquisición. Hoy doy las gracias a los historiadores y a los creadores, sin su trabajo qué difícil sería valorar en qué nos hemos equivocado como sociedad y en qué no podemos errar.

Exégesis

Mientras pensaba en el tiempo  encontré este relato que escribí cuando tenía veinte años…

Instituto Nacional de Información Irrelevante para las Nuevas Generaciones (en aras de mantener el Statu Quo Espiritual). Aula 1.534. Lección magistral: “Técnicas conversacionales para alcanzar el éxito inmediato y ganarse al interlocutor” o “cómo hablar mucho sin decir nada”. Alguien legitimado:

Abran los manuales por la página 232. Leeré un ejemplo del modo en el que dos sujetos que acaban de encontrarse resuelven la situación comunicativa. Observen en el diálogo la función fática del lenguaje:
– Que día más malo se puso! no cogí el autobús que iba a pasar justo a las y diez… y mira, lo llego a saber…
– Sí, ayer en la tele ya daban lluvias para toda la semana.
–Yo que tenía que ir a hacer unos recados pero no entran ganas ni de salir de casa. ¡Qué viento! ¡Qué barbaridad!
– Pero bueno, mejor así que el sol este de verano que no te deja ni respirar
– Bueno sí, pero es que así tampoco puedes hacer mucho, mujer. Quieres salir a cualquier cosa y ¿para qué vas a salir? ¿a mojarte?
– En un mesecito es primavera y ya guardamos el paraguas por un tiempo… Bueno, yo me paro aquí.
– Yo voy al octavo.
– Venga, hasta otro día, adiós.
– Hasta luego, adiós.

Se pausa la lección magistral, el individuo más normal de la clase, indiferente para el resto, interviene para dejar constancia de que la boca no fue creada únicamente para bostezar. (Por su contenido, la exégesis del muchacho bien podría titularse “Perdone, usted a mis años ¿Qué edad tenía?”):

– Pero es que yo, señor, observo en el diálogo algo más que la función fática que usted, los libros, y otros como usted, repiten incansablemente. Una conversación sobre el tiempo es sinónimo de aburrimiento, de vacío. Si es atmosférico o deja de serlo, da lo mismo; lo importante es la interiorización del concepto en el término. El lenguaje nos lo muestra pero no nos damos cuenta. La trivialización del Tiempo Vivido ha sido y está siendo orquestada desde distintos frentes; y lo que es uno de los grandes problemas de la humanidad ociosa no es percibido sino como lo contrario: la clave de la felicidad. Sutilmente disfrazada bajo un cultismo latino, la doctrina del carpe diem nos engaña, nos despista, nos putea. No somos quienes de mirar más allá de nuestras narices, y de nuestro ombligo. Con esta mentalidad inoculada es imposible que se produzca una revolución cultural y de modus vivendi en pos de la Verdadera Felicidad. Unos, nos enseñan a ver pasar la vida sin vivirla. Otros nos cuentan que, en las postrimerías del desarrollo vital, nos es revelado el sentido de la existencia; de golpe, y en pleno declive, la consciencia de los errores cometidos… El tiempo, inexorable. Al menos, señor, es bueno saberlo a los 20 y no a los 56.

Despedida

Limpia su casa los lunes y los viernes, y siempre que entra en el salón hay uno de ellos durmiendo en el sofá. Los lunes está ella, al embajador lo encuentra los jueves sobre la parte del chaise-longue. El sofá está tapizado en piel de color beige y cuesta más dinero del que Julia ha ganado en los tres años que lleva limpiando la casa. Su forma habitual de despertarlos es encender el aspirador, entonces el uno o el otro vuelven sigilosos al cuarto matrimonial. Esta mañana los ha encontrado por primera vez a los dos durmiendo en el sofá y no se ha atrevido a encender el aspirador. Al levantarse la señora la despidió por barrer la alfombra con la escoba.

Silla pupitre para zurdos

No tardó en localizarla, estaba en la esquina izquierda del aula, junto a la pared, donde el brazo del zurdo o la zurda no pudiese molestar a los compañeros diestros. A diferencia de las otras sillas ésta era un modelo antiguo y estaba muy estropeada. La bandeja metálica que tenía debajo colgaba por la mitad y caían de ella unos folios arrugados sin usar. Cientos de escritos y grabados cubrían la parte del pupitre.

Te odio Ernesto, fue lo primero que leyó arriba a la derecha, y el examen cayó sobre el pupitre tapando el pequeño muro de odio, amor y reivindicación adolescentes. Ala Celta. Merry Crisis. Se regalan gatitos. Rebeca es una puta. Pensó en su Rebeca y en el diestro que escribió eso allí para que él lo leyera. En el centro del pupitre Nirvana, esmeradamente recalcado con un marcador negro. Con I´m on a plain en la cabeza completó las preguntas hasta llegar a la última, cuya fórmula era incapaz de recordar. Seguro que los gatitos ya eran gatos y tenían dueño, pensó. Abajo a la izquierda, casi en el lateral del pupitre, Ernesto encontró la ecuación.

Pequeñas dosis

Dejé atrás Algeciras, Marruecos y México, y con ellos a una pobre desgraciada Reina del Sur. Después de la trepidante aventura por el mundo del narcotráfico no he encontrado un lugar interesante en el que quedarme un tiempo. Probé a irme a un pueblo de Inglaterra en el siglo pasado -Pointz Hall, 1939- a través de los Tres actos de Virginia Woolf, pero el contraste fue brutal y me aburrió tanto la vida allí que me marché antes de lo previsto.

Terminé por medicarme el ensayo: “¿Qué uso se está haciendo de la enorme acumulación de medios de que la sociedad dispone? ¿Se ha hecho más rica la vida efectivamente vivida por el individuo? Es evidente que no. El poder de la sociedad en su conjunto parece infinito, mientras que el individuo se encuentra sin posibilidad alguna de gestionar su mundo”, dice Jappe en Debord; el hombre-lugar donde reside el pensamiento necesariamente crudo, indicado sólo en pequeñas dosis y al que es indispensable regresar de vez en cuando. Antes de pegarme un tiro prefiero cambiar de tercio, esta noche me pasearé Alrededor de la luna.