Casi mejor en el cine

Estoy en Mansfield Park básicamente porque me gusta el campo, ya que el siglo XIX no es mi fuerte. No puedo con los pijos ingleses de la época y la pesadez de sus formas. Como no trabajan se la pasan el día llenando el tiempo con su particular ocio: dar un paseo a caballo, escuchar a alguien de la familia tocar el piano, montar una obra de teatro para representarla en casa, leer un libro en voz alta para un pequeño público, asistir a un baile de sociedad,… Cosas que en este contexto me resultan soporíferas. Evidentemente el relato se sostiene y se sigue gracias a los personajes y sus relaciones, pero es que el marco es bastante importante en una historia y aquí pues resulta ser georgiano. En fin, de terminar de digerirlo casi mejor en el cine.

Viajes literarios

Regresé de Macondo a principios de septiembre. No conocía a Alberto Moravia pero la información de las solapas y los títulos fueron suficientemente sugerentes para llevarme a El tedio. Tras haber convivido con todo un clan –los Buendía- necesitaba estar sola con pocos personajes, así que me fui a Roma. Allí me instalé en un apartamento de la vía Margutta y viví de cerca la descomposición del mundo real de Dino, que le llevó a dejar la pintura. Yo también pinto y aunque no tengo pánico al lienzo en blanco puedo comprender el poder del sinsentido. Me remonté a mi época existencialista, a las lecturas y relecturas de La Náusea. “Las tres, siempre es demasiado tarde o demasiado temprano para lo que uno quiere hacer”. Con un similar hastío de sí mismo Dino no llega a creer ni en un vaso. Lo cierto es que este viaje podía haber sido a Roma como a cualquier otro sitio, ya que apenas salí del apartamento de la Vía Margutta y del interior del personaje.

Al volver disfruté de mi casa unos días, regocijándome en el sentido de mi vida y en la calidez del hogar. Tumbada en la hamaca recibí la llamada mensual de los Estados Unidos. Esta vez fue una cabaña apartada en Vermont, paraíso obligado de escritores descentrados; también Chicago y Nueva York. De la descomposición de una vida pasé a la composición de otra, la de Benjamin Sachs; construyendo su personalidad, recorriendo su camino, entendí cómo y por qué Sachs se muere en el primer párrafo.

Me he dado cuenta de que cada vez que voy a Norteamérica mis estancias son más cortas, y en dos días mi cometido está despachado. Empiezo a pensar en un mero entretenimiento que me asusta, y al tiempo tengo una añoranza anticipada del momento en el que Auster deje de publicar.

Ahora estoy en Culiacán, rodeada de los pinches del narcotráfico. Creo que es la primera vez que bajo de Estados Unidos a México. No me defrauda lo qué está pasando en Sinaloa, sin embargo no termino de comprender por qué unas veces me hablan en jerga y en otras se me ponen literarios. Serán mis prejuicios con Reverte…

Vacaciones en Macondo

Después de lo ocurrido en Pennsylvania necesitaba un lugar diferente, donde recuperarme de la muerte de mi amigo Nashe. Habíamos estado prisioneros en una caravana, en el recinto de una mansión propiedad de una pareja de millonarios excéntricos. Seis meses levantando un muro, piedra a piedra, para saldar la deuda contraída al pocker.

He llegado a Macondo el miércoles. Desde hace unos meses el insomnio se ha apoderado de todos, así que me he quedado leyendo las tres madrugadas. Esta mañana llegó Melquíades con la máquina de la memoria para hacernos recuperar el sueño. Ayer recibimos también a Rebeca, la niña huérfana que come a escondidas tierra húmeda. Los Buendía son muy buena gente, y Úrsula nos cuida bien. En el poco tiempo que llevo aquí he podido conocer ya a distintas generaciones de su familia.

Suena el vals de los relojes que anuncia el mediodía en Macondo. Escribiré a mi regreso.

Winstons, Pereiras y Enders

Sostiene LLou que eran las tres de la madrugada cuando terminó de leer la novela, y que de manera inmediata ya echó de menos a Pereira. Soñó esa noche con la Lisboa de 1938, y con un chico que no se llamaba Monteiro, pero que con toda seguridad tenía apellido italiano y bebía limonadas, sostiene. LLou también quiere hacer constar en la declaración que considera que esa añoranza del personaje no le parece significativa, ya que con frecuencia tiene que despedirse de seres ficticios, muchos de ellos extraordinarios. Sostiene que ya le aconteció algo similar con Winston, el personaje de 1984, y con Ender, y que para sentir esa nostalgia no hace falta ser una persona cultivada. Sostiene también que, mientras leía la novela, inconscientemente, varias veces intentó imaginar cuál sería su vida cotidiana cuando tuviese la edad de Pereira, y que obtuvo una imagen concreta; pero no desea revelarlo, porque Llou sabe que eso a la gente no le importa, sostiene.

El primer post y las últimas cosas

de Paul Auster. 

Cuando fui a la librería deseaba encontrar algo sobre un país de primeras cosas que revosara incipiente vida, y me encontré con lo contrario, sin embargo el libro ha conseguido atraparme en la vigilia. Porque nuestros deseos de creación y las ansias de engendrar vida, conviven con un subconsciente repleto de destrucción, también nuestro. Por eso no me gusta el ser humano.

El viaje al fin de los días cuesta ocho euros, en los compactos de Anagrama.