Pequeñas dosis

Dejé atrás Algeciras, Marruecos y México, y con ellos a una pobre desgraciada Reina del Sur. Después de la trepidante aventura por el mundo del narcotráfico no he encontrado un lugar interesante en el que quedarme un tiempo. Probé a irme a un pueblo de Inglaterra en el siglo pasado -Pointz Hall, 1939- a través de los Tres actos de Virginia Woolf, pero el contraste fue brutal y me aburrió tanto la vida allí que me marché antes de lo previsto.

Terminé por medicarme el ensayo: “¿Qué uso se está haciendo de la enorme acumulación de medios de que la sociedad dispone? ¿Se ha hecho más rica la vida efectivamente vivida por el individuo? Es evidente que no. El poder de la sociedad en su conjunto parece infinito, mientras que el individuo se encuentra sin posibilidad alguna de gestionar su mundo”, dice Jappe en Debord; el hombre-lugar donde reside el pensamiento necesariamente crudo, indicado sólo en pequeñas dosis y al que es indispensable regresar de vez en cuando. Antes de pegarme un tiro prefiero cambiar de tercio, esta noche me pasearé Alrededor de la luna.

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Buscando relaciones en lo inconexo

Veo en el filósofo como busca en sus pensamientos la verdad, el conocimiento, la belleza; idénticas cuestiones que el artista trata de materializar en una melodía o imagen, en muchas o en pocas palabras.
El arte me obliga a trascender lo inmaterial, a concretar esa búsqueda en la creación. Todo empieza cuando arroja de mi mente la razón (ya que dentro le estorba) y me obliga a encontrar la forma adecuada de expresar en algo sensorial lo intangible. Esa transición de lo interno a lo externo me mantiene despierta, buscando relaciones en lo inconexo, obligando a mi pensamiento a crear. A veces alcanzo extraordinarios momentos de clarividencia, rozo los límites conocidos de la sensibilidad y adquiero la totalidad del significado. Creo que se llama autoconsciencia. Si ese estado desapareciese algún día, mi vida sería terriblemente absurda.

Madrid, 2019. Detrás de ti hay otra dimensión

En un departamento del Ministerio de Cultura tres funcionarios esquilan los trozos de película cuyas imágenes contienen abrazos. Los diálogos en los que aparecen las preposiciones con, contra, hacia, para y tras, también son deturpados. Estos films, convertidos ahora en cortometrajes, están listos para competir en el “I Certamen de Re-creación de Cineastas Españoles”. En algunas salas de la ciudad ya se ha procedido a la proyección de las obras.

La Filmoteca Nacional obsequia a las 18:00 horas la versión mutilada de la película Angustia. Entre la veintena de asistentes, Bigas Luna disimula su identidad disfrazado de Al Capone y registra con una grabadora las reacciones del público. La máquina acomodadora ronda por el pasillo impidiendo una adecuada escucha de los diálogos, y el almacenamiento óptimo de la grabación. Desde la primera fila, algunos actores de la Compañía General preparan una performance en apoyo al director, que no sabe nada. En el bolsillo del hombre que ejercía de acomodador en el 82 – y que también se encuentra entre los espectadores- un revólver de calibre 38 aguarda expectante. Los actores lo desconocen, Bigas Luna tampoco sabe nada; y el auditorio, en su conjunto, ignora que las coca colas han sido adulteradas generosamente con pentobarbital.

En unos multicines de la ciudad, y ajena a los recortes de este certamen, se estrena – a la misma hora y por quincuagésima vez – Scream III, con un apabullante éxito sobre alfombra roja. Para incomodidad del público otros actores del gremio aderezan, en esta ocasión, una performance-boicot. El director de la película no se halla entre los presentes, las coca colas también han sido adulteradas con pentobarbital.

A las 20:00 horas, en ambas salas los espectadores yacen cadáveres en sus asientos. La causa de la muerte no está relacionada con las performances, ni con el revólver del 38, tampoco con el pentobarbital. Cuando los investigadores apuntan a la calidad de las obras proyectadas como agente responsable, en algún rincón del mundo dos personas reflexionan sobre la muerte y el asesinato del cine.

* relato escrito en 2001.

Sin causa aparente

Era hija única, huérfana, viuda desde muy joven y estéril sin causa aparente. Vivía en una enorme casa del centro de la ciudad y nunca llegó a acostumbrarse a una soledad impuesta por el destino. El día que cumplió cincuenta años decidió determinar hasta qué punto la vida le había deparado tan hermética trayectoria y empezó a recopilar anuncios que ofreciesen todo tipo de reformas de la casa: revestimiento de fachadas, tabiques, ventanas de aluminio, puertas blindadas. La obra en sí era lo de menos, con la reforma conseguiría ya no sólo darle a su refugio una apariencia distinta, sino que cubriría su soledad con varias capas de pintura, que acabarían descascarillándose con el tiempo. Entonces llegó ella. Solicitó que le pintara las nueve habitaciones de distintos colores, que cada ventana tuviese un marco rectangular negro, y en los baños rayas. Cada vez que se acercaba el final del trabajo sugería un nuevo cambio que borraba el primero, y se llegó a pintar una misma habitación hasta tres veces.  Silenciosa, discreta y obcecada en terminar su trabajo lo antes posible, la pintora era a su manera otra encarnación de la soledad que ella misma representaba.

Al fracaso de la pintura siguió el de la calefacción y los suelos. Durante el tiempo que duraron estas reformas se acomodó en un cuarto de la segunda planta sobre el que no se operó ninguna reparación. Los jóvenes que instalaron el nuevo modelo de climatización miraban a través de su cuerpo como si no existiera, y el encargado de pavimentar resultó ser un sordomudo con graves problemas de comunicación. Todavía ignoraba que tenía que destruir la casa para reducir a escombros su soledad y siguió abandonando su destino a una cuestión de probabilidades, entre otras cosas porque el juego la mantenía ocupada. A diferencia de las otras reparaciones el cambio de la instalación eléctrica tuvo consecuencias en la vida que llevaba en su cuarto. La magia de prescindir de la electricidad durante el tiempo que duraban las obras le sedujo de inmediato, así que cambió su máquina de escribir por manuscritos y se rodeó de candiles. Al anochecer, el ambiente íntimo de la casa se impregnaba de los aromas afrodisíacos de las velas y llegaron las relaciones con el electricista. Cometió la imprudencia de acostumbrarse a ello.

Fue una de las noches, casi al final de las obras, cuando presintió la oscuridad que seguiría a la marcha de su nuevo amante. La encontraron en la planta de abajo, junto al cuadro eléctrico, con claros indicios de que el incendio había sido provocado. La casa quedó destrozada pero ella resultó ilesa, igual que los manuscritos que escribió durante el periodo de reparaciones. Supo del embarazo un mes después del incidente. Tenía cincuenta y un años cuando nací yo;  sin causa aparente, no sobrevivió al parto.

Hasta la victoria siempre

Cuando mí tía enviudó era bastante joven, y mi madre me llevó a su casa para que mi hermana y yo le hiciéramos compañía. Yo dormía en la habitación de mi primo, que siempre estaba fuera. Por aquel entonces tenía yo siete años, y mi admirado primo mayor, tan ausente, debía tener veinte. A diferencia de la generación de Franciscos que nacieron en los 50 y 60, a mi primo no le llamaban Paco, sino Fran.

La época que pasé en la habitación de mi primo Fran estuvo marcada por un gran sentimiento de admiración hacia él. Estaba presente en fotografías y recortes de periódicos, en una camiseta y en un grabado que colgaba de la puerta del armario. Por mi edad, interpretaba con absoluta lógica infantil la realidad, y no sabía todavía que existía una persona llamada Che Guevara. Entonces, creía que el Che era mi primo.

Cuando iba por la calle y veía alguna simbología del Che en la camiseta de alguien, me quedaba perpleja y pensaba: “ese seguro que conoce a Fran, porque lleva una camiseta con su cara”. Cuántas más camisetas veía, más admiraba a mi primo, y empecé a considerar que debía de ser alguien muy importante. Una vez unos chavales fumaban un cigarrillo en un callejón de Teis, a punto estuve de decirles que el chico de la camiseta que llevaban puesta era mi primo.

Avatares del destino han llevado a Fran al centro penitenciario de Pereiro de Aguiar. Y hoy le recuerdo: “Hasta la victoria siempre”.

La ilusión

Llegó una mañana para quedarse. En seguida noté la presencia de su calor en la habitación, pero sobre todo la armonía de los elementos: los ruidos de la calle, el olor del cuarto, y la cama, perfectamente deshecha. La luz también era distinta, una sutil claridad que envolvía todo lo que tocaba, incluida yo. Me arrebujé entre las sábanas y saboreé la consciencia del instante. Envuelta también en una extraordinaria clarividencia, aquella mañana supe que había venido para quedarse.