Buscando relaciones en lo inconexo

Veo en el filósofo como busca en sus pensamientos la verdad, el conocimiento, la belleza; idénticas cuestiones que el artista trata de materializar en una melodía o imagen, en muchas o en pocas palabras.
El arte me obliga a trascender lo inmaterial, a concretar esa búsqueda en la creación. Todo empieza cuando arroja de mi mente la razón (ya que dentro le estorba) y me obliga a encontrar la forma adecuada de expresar en algo sensorial lo intangible. Esa transición de lo interno a lo externo me mantiene despierta, buscando relaciones en lo inconexo, obligando a mi pensamiento a crear. A veces alcanzo extraordinarios momentos de clarividencia, rozo los límites conocidos de la sensibilidad y adquiero la totalidad del significado. Creo que se llama autoconsciencia. Si ese estado desapareciese algún día, mi vida sería terriblemente absurda.

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Madrid, 2019. Detrás de ti hay otra dimensión

En un departamento del Ministerio de Cultura tres funcionarios esquilan los trozos de película cuyas imágenes contienen abrazos. Los diálogos en los que aparecen las preposiciones con, contra, hacia, para y tras, también son deturpados. Estos films, convertidos ahora en cortometrajes, están listos para competir en el “I Certamen de Re-creación de Cineastas Españoles”. En algunas salas de la ciudad ya se ha procedido a la proyección de las obras.

La Filmoteca Nacional obsequia a las 18:00 horas la versión mutilada de la película Angustia. Entre la veintena de asistentes, Bigas Luna disimula su identidad disfrazado de Al Capone y registra con una grabadora las reacciones del público. La máquina acomodadora ronda por el pasillo impidiendo una adecuada escucha de los diálogos, y el almacenamiento óptimo de la grabación. Desde la primera fila, algunos actores de la Compañía General preparan una performance en apoyo al director, que no sabe nada. En el bolsillo del hombre que ejercía de acomodador en el 82 – y que también se encuentra entre los espectadores- un revólver de calibre 38 aguarda expectante. Los actores lo desconocen, Bigas Luna tampoco sabe nada; y el auditorio, en su conjunto, ignora que las coca colas han sido adulteradas generosamente con pentobarbital.

En unos multicines de la ciudad, y ajena a los recortes de este certamen, se estrena – a la misma hora y por quincuagésima vez – Scream III, con un apabullante éxito sobre alfombra roja. Para incomodidad del público otros actores del gremio aderezan, en esta ocasión, una performance-boicot. El director de la película no se halla entre los presentes, las coca colas también han sido adulteradas con pentobarbital.

A las 20:00 horas, en ambas salas los espectadores yacen cadáveres en sus asientos. La causa de la muerte no está relacionada con las performances, ni con el revólver del 38, tampoco con el pentobarbital. Cuando los investigadores apuntan a la calidad de las obras proyectadas como agente responsable, en algún rincón del mundo dos personas reflexionan sobre la muerte y el asesinato del cine.

* relato escrito en 2001.

Sin causa aparente

Era hija única, huérfana, viuda desde muy joven y estéril sin causa aparente. Vivía en una enorme casa del centro de la ciudad y nunca llegó a acostumbrarse a una soledad impuesta por el destino. El día que cumplió cincuenta años decidió determinar hasta qué punto la vida le había deparado tan hermética trayectoria y empezó a recopilar anuncios que ofreciesen todo tipo de reformas de la casa: revestimiento de fachadas, tabiques, ventanas de aluminio, puertas blindadas. La obra en sí era lo de menos, con la reforma conseguiría ya no sólo darle a su refugio una apariencia distinta, sino que cubriría su soledad con varias capas de pintura, que acabarían descascarillándose con el tiempo. Entonces llegó ella. Solicitó que le pintara las nueve habitaciones de distintos colores, que cada ventana tuviese un marco rectangular negro, y en los baños rayas. Cada vez que se acercaba el final del trabajo sugería un nuevo cambio que borraba el primero, y se llegó a pintar una misma habitación hasta tres veces.  Silenciosa, discreta y obcecada en terminar su trabajo lo antes posible, la pintora era a su manera otra encarnación de la soledad que ella misma representaba.

Al fracaso de la pintura siguió el de la calefacción y los suelos. Durante el tiempo que duraron estas reformas se acomodó en un cuarto de la segunda planta sobre el que no se operó ninguna reparación. Los jóvenes que instalaron el nuevo modelo de climatización miraban a través de su cuerpo como si no existiera, y el encargado de pavimentar resultó ser un sordomudo con graves problemas de comunicación. Todavía ignoraba que tenía que destruir la casa para reducir a escombros su soledad y siguió abandonando su destino a una cuestión de probabilidades, entre otras cosas porque el juego la mantenía ocupada. A diferencia de las otras reparaciones el cambio de la instalación eléctrica tuvo consecuencias en la vida que llevaba en su cuarto. La magia de prescindir de la electricidad durante el tiempo que duraban las obras le sedujo de inmediato, así que cambió su máquina de escribir por manuscritos y se rodeó de candiles. Al anochecer, el ambiente íntimo de la casa se impregnaba de los aromas afrodisíacos de las velas y llegaron las relaciones con el electricista. Cometió la imprudencia de acostumbrarse a ello.

Fue una de las noches, casi al final de las obras, cuando presintió la oscuridad que seguiría a la marcha de su nuevo amante. La encontraron en la planta de abajo, junto al cuadro eléctrico, con claros indicios de que el incendio había sido provocado. La casa quedó destrozada pero ella resultó ilesa, igual que los manuscritos que escribió durante el periodo de reparaciones. Supo del embarazo un mes después del incidente. Tenía cincuenta y un años cuando nací yo;  sin causa aparente, no sobrevivió al parto.

El peor sueño

Eramos un grupo de cuatro: un profesor de la facultad y su mujer, mi expareja y yo. Se trataba de aguantar colgados en la fachada de un edificio haciendo posturas complicadas, como en Enredos pero en el aire. Alguien observaba desde un montículo los bonitos dibujos de nuestros cuerpos retorcidos. El juego tenía una dificultad añadida y es que no podíamos perder el equilibrio, o los boxers enfadados y hambrientos que esperaban en la calle nuestro tropiezo nos devorarían.

Mi compañero y yo ya no aguantamos más y nos caemos, pero no en la calle sino en el balcón del piso de abajo. Me resulta curioso que las caídas de los sueños no me ocasionen dolor alguno y sí lo hagan los conceptos y las imágenes. El balcón en el que caemos es el de una habitación. Entramos en el interior, en la cama hay una pareja de cuarentones con muchos fetiches sexuales. En cuanto nos miran nos poseen. A pesar de nuestra resistencia nos violan con todo tipo de objetos, al terminar matan a mi compañero de un tiro en la cabeza. LLoraba por dentro cuando me comunicaron que había sido una gran concursante, ya que todo lo sucedido se enmarcaba en un espacio televisivo en directo, que era una mezcla de Gran Hermano y el Qué apostamos.

Me marcho de la habitación y me sorprendo investigando. Además de el cuerpo de mi compañero hay otros cadáveres por las habitaciones del edificio. Soy una detective policiaca y tengo que determinar quién es el asesino. Entonces caigo en la cuenta que durante mi investigación he entrevistado a dos personas que iban vestidas de diferente manera pero que eran la misma persona. Sé que hay un complot contra mí, que debo ser parte de otro juego o película y que la organización por descuido repitió la actuación de un mismo personaje. No sé qué sucede exactamente pero me están tendiendo una trampa y  me observan desde algún sitio, quizás desde la máquina de control de este sueño. Para que no se percaten, tengo que fingir que no sé que estoy en la película policiaca y que creo que lo sucede es real en el sueño. Pero el caso es que el personaje repetido se acerca y me dice que es el director de la realidad virtual que estamos experimentando. Ahora él es el único ser real en un clima de confusión en el que no me puedo fiar de nadie porque no sé si estoy en la realidad de un sueño, en una película, en concurso o en una realidad virtual. Dialogo con el director de la realidad virtual y  me da una explicación esclarecedora de lo que está sucediendo. Mientras hablo con él me cruzo con una persona con un aura negativa, una presencia turbia que me dice que estoy ante el asesino que buscaba en la película policiaca.

En realidad se trata de una asesina, puesto que es la bruja del oeste del El Mago de Oz, de la versión cinematográfica clásica. Atravieso un puentecillo de la realidad virtual y tiro a la bruja al vacío, procediendo de la misma manera que en la película, para que se muera y acabe el sueño felizmente.

Aunque presupongo su muerte la tensión no ha terminado todavía. Sigo en la realidad virtual y para salir debo superar tres trampillas. En la primera trampilla hay unos pinchos que debo esquivar, en la segunda tengo que atravesar buceando una distancia hasta llegar al otro lado, aguantando durante un buen rato la respiración. La tercera consiste en correr en spring antes de que se baje una puerta pesada y me atrape. Supero exitosamente las tres pruebas y consigo salir de la realidad virtual. Fuera me encuentro con unos coloridos decorados de papel cartón, hay tres mujeres bailando. Percibo que acabo de entrar en un musical. Las mujeres son actrices legendarias, una de ellas es Aurora Redondo. Tengo que aprenderme la coreografía y bailarla para el número del musical. Mientras bailo giro sin parar, he dado tantas vueltas al revés que he desembocado en el pasado. Debo tener unos cinco años y llevo puesto el vestidito de frutas rosas que tanto me gustaba y con el que tengo unas fotos en un parque de Monforte.

Estoy en la cama sudando, aturdida por lo sucedido. Soy yo otra vez, en mi habitación del piso de Pontevedra, la misma que dejé antes de irme a soñar este sueño. Pero me llevo un susto de muerte cuando llaman fuertemente a la puerta de mi habitación. Entonces entiendo que no he escapado de ese sueño todavía; quienes llaman a mi puerta son los dos que nos violaron al principio, los que mataron a mi compañero de un tiro en la cabeza. Sé que van a entrar, tengo un miedo inconmensurable. Una fuerza sobrenatural ejercida por ellos a través de la puerta me arroja de la cama al suelo de la habitación. La manta viene hacia mi y me envuelve en una bola. Es todo negro y confuso, vibro un poco, grito socorro. Después de un desesperante esfuerzo por salir de la bola negra que me agita, consigo salir del que sin duda fue el peor sueño de la II Era  (voy por la III).

Soñado el 30 de abril de 2003.

Viajes literarios

Regresé de Macondo a principios de septiembre. No conocía a Alberto Moravia pero la información de las solapas y los títulos fueron suficientemente sugerentes para llevarme a El tedio. Tras haber convivido con todo un clan –los Buendía- necesitaba estar sola con pocos personajes, así que me fui a Roma. Allí me instalé en un apartamento de la vía Margutta y viví de cerca la descomposición del mundo real de Dino, que le llevó a dejar la pintura. Yo también pinto y aunque no tengo pánico al lienzo en blanco puedo comprender el poder del sinsentido. Me remonté a mi época existencialista, a las lecturas y relecturas de La Náusea. “Las tres, siempre es demasiado tarde o demasiado temprano para lo que uno quiere hacer”. Con un similar hastío de sí mismo Dino no llega a creer ni en un vaso. Lo cierto es que este viaje podía haber sido a Roma como a cualquier otro sitio, ya que apenas salí del apartamento de la Vía Margutta y del interior del personaje.

Al volver disfruté de mi casa unos días, regocijándome en el sentido de mi vida y en la calidez del hogar. Tumbada en la hamaca recibí la llamada mensual de los Estados Unidos. Esta vez fue una cabaña apartada en Vermont, paraíso obligado de escritores descentrados; también Chicago y Nueva York. De la descomposición de una vida pasé a la composición de otra, la de Benjamin Sachs; construyendo su personalidad, recorriendo su camino, entendí cómo y por qué Sachs se muere en el primer párrafo.

Me he dado cuenta de que cada vez que voy a Norteamérica mis estancias son más cortas, y en dos días mi cometido está despachado. Empiezo a pensar en un mero entretenimiento que me asusta, y al tiempo tengo una añoranza anticipada del momento en el que Auster deje de publicar.

Ahora estoy en Culiacán, rodeada de los pinches del narcotráfico. Creo que es la primera vez que bajo de Estados Unidos a México. No me defrauda lo qué está pasando en Sinaloa, sin embargo no termino de comprender por qué unas veces me hablan en jerga y en otras se me ponen literarios. Serán mis prejuicios con Reverte…