Trapo y Noviembre

Trapo maúlla, a pesar de que comió, meó, cagó y durmió, y por lo demás, está castrado. Él y Noviembre llevan con nosotros un mes, y estoy segura de que Trapo maúlla porque tiene carencias afectivas. Fundamentalmente de tacto; aunque finjas cariño, si le tocas, se lo cree.  También maúlla porque quiere atención, que viene a ser lo mismo.

Nunca me gustaron los gatos, siempre les tuve mucho miedo. Y todo por culpa de Roni: la gata de mi abuela  durmió en mi cuello sin mi consentimiento cada noche que pasaba en su casa. Durante cinco años no hice nada, temía un zarpazo fortuito en la aorta que provocase mi ridícula muerte.

Fue Trapo quien meó en la cesta de las cebollas y las naranjas, lo noté cuando iba a exprimirlas, porque estaban resbaladizas. El otro, Noviembre,  caga y vomita indiscriminadamente por toda la casa. Tiré dos toallas muy bonitas que tenía dobladas a la perfección encima del bidé, porque el puerco inconsciente cagó encima de ellas dos perfectos turullos de doble rosca, muy similares a los que venden de plástico como artículo de broma.

En contra de los traumas y prejuicios que tenía de los gatos, éstos no me parecen malos, pero me estorban. Choco contra ellos cuando voy por casa, y me dan ganas de darles una patada, los veo como obstáculos. Creo que alguna vez se la medio dí. A veces me sorprendo riñéndoles, como si fueran hijos no deseados que me quitan de quicio. Y entonces me recuerdo a mi madre, desbarrando sin parar a causa de una habitación desordenada, o porque la publicidad interrumpe una gala de televisión.  Y luego, cual bipolar arrepentida,  les doy unas caricias para resarcirme, ahora sí, verdaderas.

Estoy deseando que Isabel vuelva de Europa y se los lleve a su casa. Con gatos no me gusto nada.