Pequeñas dosis

Dejé atrás Algeciras, Marruecos y México, y con ellos a una pobre desgraciada Reina del Sur. Después de la trepidante aventura por el mundo del narcotráfico no he encontrado un lugar interesante en el que quedarme un tiempo. Probé a irme a un pueblo de Inglaterra en el siglo pasado -Pointz Hall, 1939- a través de los Tres actos de Virginia Woolf, pero el contraste fue brutal y me aburrió tanto la vida allí que me marché antes de lo previsto.

Terminé por medicarme el ensayo: “¿Qué uso se está haciendo de la enorme acumulación de medios de que la sociedad dispone? ¿Se ha hecho más rica la vida efectivamente vivida por el individuo? Es evidente que no. El poder de la sociedad en su conjunto parece infinito, mientras que el individuo se encuentra sin posibilidad alguna de gestionar su mundo”, dice Jappe en Debord; el hombre-lugar donde reside el pensamiento necesariamente crudo, indicado sólo en pequeñas dosis y al que es indispensable regresar de vez en cuando. Antes de pegarme un tiro prefiero cambiar de tercio, esta noche me pasearé Alrededor de la luna.

Viajes literarios

Regresé de Macondo a principios de septiembre. No conocía a Alberto Moravia pero la información de las solapas y los títulos fueron suficientemente sugerentes para llevarme a El tedio. Tras haber convivido con todo un clan –los Buendía- necesitaba estar sola con pocos personajes, así que me fui a Roma. Allí me instalé en un apartamento de la vía Margutta y viví de cerca la descomposición del mundo real de Dino, que le llevó a dejar la pintura. Yo también pinto y aunque no tengo pánico al lienzo en blanco puedo comprender el poder del sinsentido. Me remonté a mi época existencialista, a las lecturas y relecturas de La Náusea. “Las tres, siempre es demasiado tarde o demasiado temprano para lo que uno quiere hacer”. Con un similar hastío de sí mismo Dino no llega a creer ni en un vaso. Lo cierto es que este viaje podía haber sido a Roma como a cualquier otro sitio, ya que apenas salí del apartamento de la Vía Margutta y del interior del personaje.

Al volver disfruté de mi casa unos días, regocijándome en el sentido de mi vida y en la calidez del hogar. Tumbada en la hamaca recibí la llamada mensual de los Estados Unidos. Esta vez fue una cabaña apartada en Vermont, paraíso obligado de escritores descentrados; también Chicago y Nueva York. De la descomposición de una vida pasé a la composición de otra, la de Benjamin Sachs; construyendo su personalidad, recorriendo su camino, entendí cómo y por qué Sachs se muere en el primer párrafo.

Me he dado cuenta de que cada vez que voy a Norteamérica mis estancias son más cortas, y en dos días mi cometido está despachado. Empiezo a pensar en un mero entretenimiento que me asusta, y al tiempo tengo una añoranza anticipada del momento en el que Auster deje de publicar.

Ahora estoy en Culiacán, rodeada de los pinches del narcotráfico. Creo que es la primera vez que bajo de Estados Unidos a México. No me defrauda lo qué está pasando en Sinaloa, sin embargo no termino de comprender por qué unas veces me hablan en jerga y en otras se me ponen literarios. Serán mis prejuicios con Reverte…