La cápsula de papá

A mi padre le encanta leer. Todos los momentos en los que tiene que esperar por algo se mete en el coche con un libro. Me encanta verlo, completamente absorto, entrando y saliendo del coche y de la ficción cada veinte minutos. El coche es pequeñito, un Peugeot 205 con los bajos muy bajos, y desde fuera parece que está dentro de una cápsula.

Estoy orgullosa porque mi padre no es un intelectual, ni tan siquiera hizo la enseñanza básica. Como otros chavales del barrio del Calvario llevaba una banqueta de casa a una especie de escuela, donde don Pepe les enseñaba algunas cosas. A los catorce años empezó a trabajar y no paró hasta pasados 45 años, que sigue trabajando como funerario, cuando no se mete en el coche a leer.

Desde hace algún tiempo intento acercarme a mi padre a través de los libros, conocerlo un poco más por lo qué piensa de cada libro que le presto. Si a mi me encanta, quiero saber qué opina él de lo que el libro cuenta. Si otro no me gusta, también, porque a lo mejor a él le cautiva. Recuerdo la vez que le pasé “Los crímenes de la calle Morgue”; después de leerlo me dijo: “Hija, debe ser que vivo con la muerte que a mi Allan Poe no me impone terror“.

Mi padre ve una media de cinco muertos diarios, cada uno con su triste historia detrás, y digo triste porque creo que la muerte siempre lo es. De hecho, tiene prohibido reírse en el trabajo. Mi madre, le obliga a lavarse las manos constantemente, aunque use guantes. Y él habla de la materia prima de su trabajo como si de mercancía se tratase -sacos de patatas, por ejemplo-, porque si no, no podría vivir.

Como le sucede a buena parte de los trabajadores del mundo, mi padre tiene también la habilidad de derivar cualquier tema a su terreno. Siempre encuentra implacables ejemplos para las conversaciones, casos que no son nada comparado con las pequeñeces que contamos el resto. ¿O acaso hay algo más contundente que la muerte?

Hace unos días hablábamos en la sobremesa del apego al dinero y a lo material. Lejos quedan las extracciones de los dientes de oro -decía-, pero la miseria humana, de una u otra forma, siempre permanece, en la realidad y en la ficción.

Aquella tarde mi padre habló de anillos que desaparecen de las manos de los muertos. De los que mataron o murieron a causa de una herencia. De suicidas que no supieron enfrentarse emocionalmente a sus deudas. De los cuartos de toda una vida, guardados con prudencia en un falso techo que se desploma encima de uno cuando va a recogerlos. De ser sepultado por tus ahorros, o por tu familia. Habló del panadero que se muere con la recaudación del pan y de los hijos que se lían a tortas por un mandil que guarda unas cuantas pesetas manchadas de harina. De los que visten por error a su difunto y al cabo de un mes exigen la exhumación del putrefacto, ya que el traje llevaba unos billetes dentro…

A mi padre le quedan aproximadamente unos 54 muertos antes de su jubilación. A mi, cientos de historias funebres que relatar. No me cabe duda que cuando deje la muerte por la lectura volverá indefinidamente a su cápsula, dónde nunca más tendrá que esperar. Enhorabuena papá.

 

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Apocalipsis en forma de Zeppelin

Desayuno sola en una cafetería de Moaña que produce muchos churros. Se ocupan de ello una señora y su hija, que cierran la puerta del local conmigo dentro. Las dos mujeres se acercan a la mesa donde tomo café y me dan una muy mala noticia. Reacciono arrojando una tostada con mermelada por la ventana, que cae en el piso de arriba generando múltiples destrozos.

Madre e hija siguen produciendo churros, ahora con miradas acechantes. Subo al piso de arriba a comprobar los desperfectos; efectivamente está todo destrozado. Eludiendo mi responsabilidad cojo carrerilla y me tiro por la ventana y voy a caer a la Carretera Provincial de Vigo.

Un grupo de personas se dirige a un acto cultural, así que me uno a ellos. De camino, mientras conversamos, vemos pasar un zeppelin rojo y blanco de cartón, con forma de misil gigante, que se estrella en la fachada de un edificio sin ventanas. No es ninguna desgracia ya que el zeppelin es de cartón, pero el acto tiene la misma apariencia que el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, así que nos echamos a correr porque el acto en sí nos parece un símbolo de catástrofe y nos impone sobremanera. Una atmósfera apocalíptica envuelve ahora la Carretera Provincial. Ya no hay nadie, sólo ruinas.

25 de abril de 2003